—Un trabajo duro, ¿eh, Ry?

Demasiado agotado para responder, Davison se limitó a asentir.

—No dejes que te venza. Un par de semanas aquí y te endurecerás. Sé cómo os sentís los tipos de la ciudad al principio.

Davison se secó la frente.

—Nunca hubiera creído que arrancar vainas de unos tallos fuera algo tan difícil —dijo.

—Es un trabajo duro, no lo niego —Rinehart le dio un golpecito amistoso en la espalda—. Te acostumbrarás. Volvamos a la casa y te obsequiaré con una cerveza.

Al día siguiente, ya tenía que trabajar la jornada completa. Hacía calor, como sin duda lo haría todos los días en el futuro.

La familia entera le acompañaba: el matrimonio, Janey, Bo y Buster. Cada uno llevaba su propio arnés con el cesto atrás para echar las vainas.

—Empezaremos por el extremo este —dijo Rinehart. Y sin más discusión, toda la tropa le siguió. Cada uno ocupó su surco. Davison se encontró entre Janey a la izquierda y Bo a la derecha. Allá, a lo lejos, vio a Dirk Rinehart abriéndose camino entre los tallos apretados.

Una cosechadora con dos piernas, simplemente. Estudió por un momento los movimientos del viejo, tan sencillos al parecer, hasta que, consciente de que Janey y Bo le habían adelantado ya unos pasos, se lanzó al trabajo.

El sol de la mañana seguía ascendiendo en el cielo y, aunque no había llegado aún la hora de más calor, Davison empezó a sudar apenas llevaba unos segundos inclinándose y recogiendo. Se detuvo para frotarse la frente con la manga y oyó una risa ligera y burlona delante de él.

Enrojeciendo violentamente, alzó la vista y advirtió que Janey se había detenido en el surco y le miraba sonriendo, con las manos en las caderas, en la misma postura que su padre adoptara el día anterior. Eso le irritó. Sin decir una palabra, bajó la cabeza y volvió a su tarea.



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