
Rinehart tenía una granja pequeña, de unas cuarenta y cinco áreas, que se extendía sobre una colina cerca de un lago fangoso. Había llegado el tiempo de la segunda cosecha del año, lo cual implicaba el laborioso proceso de arrancar de los tallos las vainas retorcidas que encerraban los granos.
—Te inclinas así y las arrancas —explicó Rinehart a Davison, demostrándole cómo debía hacerlo—. Luego, te vuelves un poco y echas las vainas en el cesto que llevas a la espalda.
Le ayudó a colocarse el arnés en los hombros, se colocó el suyo propio y juntos partieron hacia el campo. El sol estaba muy alto. Siempre parecía mediodía en este planeta, pensó Davison, que empezó a sudar de inmediato.
Moscas de alas púrpura zumbaban ruidosamente en torno a los tallos gruesos de las plantas. Cargado con el cesto, Davison avanzaba por el campo, luchando para mantenerse al paso de Rinehart. Éste, aunque más viejo, ya estaba tres metros por delante de él, en el surco inmediato, inclinándose, agarrando la vaina, dando un tirón y dejándola caer en el cesto mediante una sucesión de movimientos precisos.
Era un trabajo arduo. Las manos de Davison comenzaban a enrojecer el contacto con la superficie, tan rugosa como el papel de lija, de las hojas de la planta, y la espalda le dolía por la repetición constante de un esquema de movimientos absolutamente inhabitual para él. Abajo, arriba, la mano atrás. Abajo, arriba, la mano atrás.
Apretó los dientes y se esforzó a seguir adelante. El brazo le ardía por el uso excesivo de unos músculos que no había utilizado en años. El sudor le caía por la frente, se le metía por el cuello, le goteaba de las cejas. Las ropas estaban ya empapadas.
Por fin llegó al extremo del surco y alzó la vista. Rinehart le aguardaba allí, con los brazos en jarras, tan fresco y rozagante como cuando empezaran. Sonreía.
