Janey apareció en la puerta y le miró con aire indolente.

—La cena está lista —anunció.

Davison se sentó en la mesa. Rinehart, en la cabecera de la misma, pronunció una bendición, breve pero devota, y terminó con una plegaria por el obrero recién contratado que se hallaba entre ellos. Al fin, apareció Janey desde la cocina, en la parte trasera de la casa, con una bandeja llena de cuencos de sopa, humeante.

—Está muy caliente-anunció.

Bo y Buster se apartaron para permitirle servir. Dejó la bandeja y… entonces sucedió. Davison vio lo que se le venía encima y se mordió el labio, angustiado.

Uno de los cuencos de sopa ardiente resbalaba hacia el extremo de la bandeja. Lo miró mientras, como en cámara lenta, el cuenco caía por el borde de la bandeja, salpicaba parte del contenido y dejaba caer todo el resto sobre su brazo derecho y desnudo.

Lágrimas de dolor acudieron a sus ojos…, aunque no sabía qué le dolía más, si la quemadura de la sopa en el brazo o la auténtica conmoción sufrida al contenerse para que aquel cuenco no volara hasta el otro extremo del comedor.

Se mordió de nuevo el labio y siguió sentado, temblando por el esfuerzo mental que le había costado dominarse.

Janey dejó la bandeja y acudió muy apurada a su lado.

—¡Caray, Ry, no lo hice a propósito! ¡Señor! ¿Te he quemado?

—Sobreviviré —respondió—. No te preocupes.

Ayudó a recoger la sopa caída sobre la mesa, sintiendo que el dolor menguaba lentamente.

«¡Kechnie, Kechnie, no me enviaste precisamente a un viaje de placer!»

Rinehart le empleó como trabajador en el campo. La cosecha más importante de Mondarrán IV consistía en un producto que denominaban judías largas, una leguminosa que todo el mundo comía en grandes cantidades, que se mezclaba con el trigo y se utilizaba para muchas cosas más. Era una planta resistente, casi indestructible, que daba tres cosechas al año bajo el calor constante de Mondarrán IV.



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