
—Supongo que ya es hora de que me ocupe de mis cosas. ¿A quién debo acudir para buscar una habitación en esta ciudad?
Le ayudaron a encontrar hospedaje en casa de una familia llamada Rinehart, que poseía una granja apenas a unos diez minutos de camino a pie desde el centro del pueblo. Habían puesto un aviso solicitando un obrero.
Se trasladó allí aquella misma tarde, deshizo la maleta, guardó sus escasas pertenencias y colgó la chaqueta en el armarito que le habían destinado. Al acabar bajó a conocer a sus anfitriones.
La familia se componía de cinco miembros. Rinehart era un hombre calvo, de unos cincuenta y cinco años, con el rostro muy curtido por las horas de trabajo al sol ardiente, rasgos firmes y aire jovial. Su esposa —Mamá— una mujer formidable, se cubría con un delantal sorprendentemente arcaico. Tenía voz melodiosa, de resonancias masculinas, e irradiaba un ambiente de sencillez campesina y tradicional. Davison pensó que mentalidades como la suya habían desaparecido hacía ya mucho tiempo de un planeta tan sofisticado como la Tierra.
Tenían tres hijos: Janey, una chica muy bien formada y de piernas largas, de unos dieciocho años; Bo, un muchacho de diecisiete, musculoso y sombrío, y Buster, un crío de once años. «Parecen la clásica familia feliz», se dijo Davison.
Salió de su habitación —abriendo y cerrando laboriosamente la puerta a mano— y empezó a bajar las escaleras. Al llegar al cuarto escalón, notó que resbalaba y, de manera automática, se transportó telequinésicamente de regreso al rellano, para afirmarse bien sobre los pies. Una vez recuperado el equilibrio, se enderezó. De pronto, al comprender lo que había hecho, quedó paralizado, sintiendo que gotas de sudor frío brotaban de su frente.
Nadie lo había visto. Nadie, por esta vez.
¿Cuántas veces cometería el mismo error?
Dejó que sus nervios se recuperaran de la impresión, aguardando a que la sangre volviera a sus mejillas, acabó de bajar la escalera y entró en la sala. Los Rinehart le aguardaban ya reunidos.
