—Me alegro de tenerle entre nosotros, amigo —dijo Domarke amablemente—. Lástima que se perdiera el espectáculo. Probablemente vería el fuego desde el puerto espacial.

—También yo siento habérmelo perdido —se vio obligado a decir—. ¿Tienen muchos problemas con los brujos por aquí?

—Algunos —El rostro de Domarke se había oscurecido—. Aunque no demasiados. De vez en cuando, hay un tipo que nos viene con trucos de ese estilo. En cuanto lo descubrimos, le enviamos a reunirse con su Maestro. No queremos que esas gentes ronden por aquí, hermano.

—No me extraña —corroboró Davison—. Se supone que los hombres no han de hacer cosas extrañas.

—No, señor —dijo con énfasis el alcalde—. Pero si las hacen, acabamos con ellos. El año pasado, vino un tipo de Lanargón VII y se estableció aquí como apicultor. Un chico agradable. Joven, con una hermosa cabeza sobre los hombros. Salía mucho con mi hija. Todos le apreciábamos. Jamás sospechamos que fuera un malvado.

—Brujo, ¿eh?

—Ya lo creo-asintió Domarke—. Un día se le escaparon las abejas. Estaban furiosas. Se lanzaron contra él y comenzaron a picarle. Y lo primero que vimos fue que él las miraba muy divertido y empezaba a lanzar fuego por las puntas de los dedos —Agitó la cabeza ante el recuerdo—. Acabó quemando todas las abejas. Ni siquiera trató de luchar cuando le ahorcamos.

—¿Le ahorcaron? ¿Y por qué no le quemaron? —preguntó Davison con una curiosidad morbosa.

—Hubiera sido inútil —repuso el alcalde, encogiéndose de hombros—. Estos tipos están en connivencia con el fuego y resulta inútil tratar de quemarles. Le colgamos inmediatamente.

«Uno de los muchachos de Kechnie, probablemente —se dijo Davison—. Un pirético al que enviaron aquí para que aprendiera a controlar su poder. Sólo que no aprendió con la rapidez suficiente.»

Se mordió el labio inferior por un segundo y dijo:



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