
Entraron en el pueblo. Davison vio que consistía en un grupo de edificios de dos pisos, al parecer prefabricados, agrupados en torno a la plaza mayor, y en cuyo centro, observó Davison, había una estaca de acero con algo muy desagradable todavía humeando en la base. Sintió un estremecimiento y apartó la mirada.
—¿Qué le pasa, señor? —preguntó el chico, despectivamente—. ¿Es que no asan a los brujos en Dariak III?
—No con frecuencia —repuso Davison.
Descubrió que los dedos le temblaban y luchó por controlarse. Pensó en Kechnie, cómodamente instalado allá en la Tierra. Y mientras tanto, él se veía aquí, en este mundo asqueroso, polvoriento y lleno de moscas, condenado a pasarse los cinco años siguientes en un poblacho aburrido, y haciendo girar los pulgares. Aquello era como estar en la cárcel.
No… Peor todavía. En la cárcel no se tenían preocupaciones. Uno se adaptaba a la rutina diaria, tenía tres comidas al día y un lugar para dormir, por malo que fuese. Y no padecía ninguna angustia.
Esto era diferente. Davison se esforzó por no estallar en maldiciones. Tendría que mantenerse en vigilancia constante, reprimiendo su metapsíquica, ocultando su poder… o acabaría en aquella estaca de acero en la plaza central, divirtiendo a los pueblerinos antes de convertirse en cenizas. Luego sonrió.
«Kechnie sabe lo que hace —admitió a pesar suyo—. Si logro sobrevivir a esto, estaré preparado para la tarea que me confíen, sea la que sea.»
Cuadró los hombros, moldeó sus rasgos en una amplia sonrisa y entró en el pueblo.
Un hombre alto, de rostro muy curtido por el tiempo y de encendidos colores, se dirigió a él cojeando.
—Hola, forastero. Me llamo Domarke y soy el alcalde. ¿Es nuevo aquí?
Davison asintió.
—Recién llegado de Dariak III. He pensado en probar suerte en este mundo.
