
—Dariak III —repitió el chico—. ¿Es bonito?
—No mucho. Llueve demasiado.
De pronto, hubo un estallido de llamas y fuego brillante en el pueblo, allá delante, que iluminó el cielo de la tarde como un rayo.
—¡Maldición! —exclamó el chico, disgustado—. Ya está ardiendo. Me perdí el espectáculo, después de todo. Supongo que debí de haber salido antes.
—Demasiado tarde, ¿eh? —Davison se sentía más que aliviado. Se humedeció los labios—. Supongo que nos hemos perdido toda la diversión.
—Es realmente apasionante —dijo el muchacho, con entusiasmo—. Especialmente cuando se trata de brujos muy buenos, que hacen toda clase de trucos antes de que los quememos. Debería ver las cosas que son capaces de hacer cuando ya están en la estaca.
«Me lo imagino», pensó Davison amargamente. Pero omitió todo comentario.
Siguieron avanzando, a un paso más lento ahora. El pueblo se acercaba a ellos. Ya distinguía bastante bien los edificios más próximos y la gente que deambulaba por las calles. En el firmamento, el sol parecía aún más fuerte.
Llegaban a la última curva del camino, cuando una figura lamentable, cubierta de harapos, apareció caminando en dirección a ellos.
—Hola, Joe el Tonto —saludó el chico alegremente al llegar el hombre a su lado.
Éste gruñó un monosílabo y siguió andando. Era alto y esquelético, con una barba descuidada, los zapatos sin cordones y una cazadora de piel muy gastada. Se detuvo al pasar junto a Davison, le miró curiosamente al rostro y sonrió, revelando unos dientes amarillentos.
—¿Le sobra una moneda, amigo? —preguntó con voz baja y ronca—. ¿Tiene algo para un pobre?
Davison se registró el bolsillo y sacó una moneda. El muchacho le miró con desaprobación, pero él la dejó caer en la palma abierta del mendigo.
—Buena suerte, señor —dijo éste, y siguió andando. Unos pasos más allá se volvió—. Lástima que se perdiera el asado, señor. Fue estupendo.
