
El Gremio de los Esper operaba en secreto, pero con toda eficiencia. Habían descubierto a Davison, le habían entrenado hasta desarrollar todo su enorme potencial de telequinesis y le habían enviado a los mundos exteriores para que aprendiera a no utilizarlo.
Lloyd Kechnie, el guía de Davison, se lo había explicado. Kechnie era un hombre delgado, de ojos brillantes, nariz de halcón y cejas de gorila. Había trabajado con Davison durante ocho años.
—Eres un telecinésico estupendo —le había dicho—. El gremio ya no puede hacer nada más por ti. Dentro de unos cuantos años, estarás preparado para actuar con toda libertad.
—¿Unos años? Pero yo creía…
—Eres el mejor de cuantos he visto —continuó Kechnie—. Tan bueno que utilizar tu poder supone para ti una segunda naturaleza. No sabes ocultarlo. Y algún día lo lamentarás. No has aprendido a dominarte. —Se inclinó hacia adelante sobre su mesa—. Ry, hemos decidido abandonarte a ti mismo, para que te salves o te pierdas… No eres el primero con el que procedemos así. Vamos a enviarte a un mundo en el que no existe la metapsíquica donde no se ha desarrollado ese poder. Te verás forzado a ocultar tu poder para la telecinesis o te matarán por un delito de brujería o algo semejante.
—¿No puedo quedarme en la Tierra y aprender? —preguntó Davison ansiosamente.
—No. Aquí es demasiado fácil pasar desapercibido. En los mundos exteriores, te enfrentarás a una situación de todo o nada. Así que irás a uno de ellos.
Davison se había embarcado en la nave siguiente. En Mondarrán IV tendría que aprender. De lo contrario…
—¿De dónde viene? —preguntó el chico tras unos minutos de silencio—. ¿Se establecerá aquí como colono?
—Por algún tiempo —respondió Davison—. Soy de Dariak III.
No iba a revelar su procedencia de la Tierra. Dariak era un mundo conocido y sin metapsíquica. Si sospechaban de su condición de Esper, su vida estaría en peligro.
