Un músculo se quejó en la parte inferior del brazo derecho, debido a aquel movimiento de echar el brazo atrás y dejar caer las vainas en el cesto, tensando los músculos del sobaco de un modo insólito para él, que jamás los había usado.

Creyó oír las burlonas palabras de Kechnie: «No querrás que tus músculos se atrofien, hijo». Palabras pronunciadas a la ligera, en broma. Ahora comprendía Davison que encerraban una gran verdad.

Había confiado en la metapsíquica para las tareas corrientes de la vida, se había vanagloriado de su dominio de la telecinesis, poder que le aliviaba de la mayoría de las rutinas diarias. Cositas pequeñas…, como abrir las puertas, levantar las sillas, mover los muebles… Resultaba más sencillo hacer volar un objeto que arrastrarlo, se había dicho siempre. ¿Por qué no utilizar un poder si lo disfrutas a la perfección?

La respuesta era que no podía disfrutarlo a la perfección…, todavía. La perfección implicaba algo más que el pleno control de los objetos. También significaba aprender moderación, saber cuándo se debía utilizar y cuándo no.

En la Tierra, donde no importaba, había empleado ese poder casi de modo excesivo. Aquí no se atrevía… Y estos músculos doloridos eran el precio que debía pagar por su comodidad anterior. Kechnie sabía lo que hacía, por supuesto.

Llegaron finalmente al extremo del surco, Davison y Buster Rinehart los últimos, bajo un calor agobiante pero a Buster ni siquiera le faltaba el aliento. Davison creyó advertir, sin que pudiera asegurarlo, un gesto de desaprobación en el rostro de Rinehart, como si se sintiera a disgusto con la actuación del nuevo obrero. En cambio, la expresión de Janey era de patente desprecio. Los ojos, bajo los pesados párpados, le miraban casi de modo insultante.

Se volvió, pues, a mirar a Rinehart, que vaciaba su cesto en el camión que aguardaba en el campo.

—Descarguemos antes de empezar el surco siguiente —ordenó a Davison.



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