El campo se extendía interminablemente ante su vista. Davison alzó el cesto con unas manos insensibles y vio caer las vainas de un verde grisáceo en la parte trasera del camión. Volvió a colocárselo en el arnés y se sintió mucho más ligero, ahora que el peso ya no le agobiaba.

Tuvo un pensamiento fugaz al avanzar hacia el surco siguiente. ¡Que sencillo sería hacer volar las vainas hacia el cesto! Sin más inclinaciones ni giros de brazo, aquel brazo que parecía a punto de desprenderse.

Sencillo. Ya lo creo. Demasiado sencillo… Desdichadamente, si Janey, Bo o cualquiera de los demás se volvían por casualidad y veían cómo las vainas volaban misteriosamente hasta el cesto de Davison, éste sería quemado a la caída de la tarde.

«¡Maldito Kechnie!», pensó con rabia, secándose una gota de sudor en su brillante rostro.

La idea que le pareciera una broma absurda media hora antes se presentaba ahora a los ojos de Davison como una posibilidad auténtica y muy tentadora.

Iba retrasado casi un surco entero con respecto a los demás. Estaba quedando en ridículo. Y su cuerpo, nada atlético por falta de ejercicio, le dolía espantosamente.

Tenía el poder y no lo utilizaba. Lo reprimía en su interior y eso le hacía daño. Se repetía el caso del cuenco de la sopa caliente. No sabía qué le dolía más, si continuar inclinándose y echando atrás el brazo dolorido una y otra vez bajo el sol ardiente o reprimir su poder a costa de un esfuerzo insoportable, hasta el punto de que parecía que iba a desbordarse.

Se esforzó en concentrarse en lo que hacía, y en olvidar su poder. «Es el proceso de aprendizaje —se dijo secamente—. De maduración. Kechnie sabe lo que hace.»

Llegaron de nuevo al extremo del surco y, entre la niebla de la fatiga, oyó que Rinehart decía:

—De acuerdo, descansemos un rato. De todos modos, hace demasiado calor para trabajar.



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