Se quitó el arnés, lo dejó donde estaba y emprendió el camino de regreso a la casa. Con un suspiro reprimido de alivio, Davison se quitó también las correas de piel y se enderezó.

Avanzó a través del campo, observando que Janey se situaba a su lado.

—Pareces agotado, Ry —comentó.

—Lo estoy. Se necesita algún tiempo para acostumbrase a este tipo de trabajo, supongo.

—Eso creo yo también —dijo ella. Se inclinó para sacudirse un poco de tierra—. Uno se endurece —continuó— o acaba destrozado. El último obrero que tuvimos se desmoronó. Tú pareces más fuerte.

—Espero que tengas razón —dijo Davison.

Se preguntó quién habría sido aquel hombre y qué poder misterioso habría ocultado en sí mismo. Para algunos no sería tan malo. Un precognoscitivo no necesitaría una sesión de entrenamiento de este tipo…, pero los precognoscitivos eran uno en un cuatrillón. Quizá tampoco los telépatas, ya que cualquiera con el don de la telepatía tenía una mente tan superior que este ejercicio de jardín de infancia le sería innecesario.

—Sólo los Esper en proceso de desarrollo habían de viajar a los mundos no metapsíquicos, pensó Davison. Los telecinésicos, los piréticos y demás, cuyos poderes sencillos y no especializados llegaban a inspirarles una falsa seguridad.

Un nuevo pensamiento se abrió camino en su mente mientras cruzaba el campo, algo distraído por las hermosas piernas de Janey, que seguía a su lado. Un hombre corriente necesita cierto alivio sexual. La continencia prolongada requiere un tipo de mente especial, y la mayoría de los hombres caían sencillamente, vencidos por la tensión.

¿Y un Esper normal? ¿Conseguiría reprimir su poder durante cinco años? Ya sentía la tensión y apenas llevaba allí un par de días.

Sólo un par de días, pensó Davison. Sólo durante cuarenta y ocho horas había ocultado su poder metapsíquico. Se detuvo a calcular cuántos días había en cinco años y rompió a sudar de nuevo.



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