
Dos días más en el campo le endurecieron hasta tal punto que cada sesión de recolección dejó de ser una pesadilla. Tenía un cuerpo muy sano, y sus músculos se adaptaron sin demasiadas protestas al nuevo régimen. Aguantaba mejor el trabajo y experimentaba un satisfactorio aumento de vigor y el endurecimiento de sus músculos. Un desarrollo de poder físico que, en cierto modo, le complacía enormemente.
—Mirad cómo come —observó Mamá Rinehart una noche durante la cena—. Lo devora todo como si fuera la última comida que hubiera de tomar en la vida.
Davison sonrió y se metió en la boca otra cucharada rebosante. Era cierto. Comía como nunca lo hiciera antes. Toda su vida en la Tierra le parecía extraordinariamente insípida y limitada comparada con estas labores manuales en Mondarrán IV. Físicamente, se hallaba en magnífica forma.
Mentalmente, en cambio… Su mente empezaba a preocuparle.
Mantenía bien controlada la telecinesis a pesar de las tentaciones constantes de utilizarla. Le costaba, pero seguía viviendo sin echar mano de sus poderes paranormales. Hasta que sufrió un retroceso.
En la quinta madrugada de su estancia en Mondarrán IV, se despertó bruscamente, sentándose en la cama y mirando en torno suyo. La mente le ardía. Parpadeó para enfocar la visión y saltó de la cama.
Por unos instantes, permaneció en pie, inquieto, preguntándose qué le había sucedido, escuchando el loco latir de su corazón. Recogió los pantalones que había dejado en una silla y se los puso. Se dirigió a la ventana y miró al exterior.
Aún faltaba mucho para el amanecer. El sol no asomaba en el horizonte y, allá arriba, las lunas gemelas avanzaban serenamente por el cielo. Lanzaban una luz brillante y helada sobre los campos, en el exterior, todo estaba terriblemente silencioso.
Davison comprendió lo sucedido. Era la reacción de su mente reprimida y torturada, que le arrancaba al sueño para gritarle su protesta por el trato que recibía. «No puedes olvidarte de la telequinesia así como así. Tienes que desahogarte. Eso es», se dijo Davison.
